
Consumo pocos dulces. Pero cuando veo a algún conocido comiendo algún pastelillo o snack, siempre suelo preguntarle: "¿y el cromo?". La respuesta es casi siempre la misma: "No hay cromo". "¿Ya no traen cromo?" -insisto yo. "No, ahora esas cosas ya no vienen". Esas cosas no vienen. En efecto. Los cromos, o mejor aún, "adhesivos", eran esos "extra" que nos incentivaba de pequeños -por si necesitábamos aún más motivación- para adquirir ese dulce o golosina, ese chicle, patatas fritas o pastelito. Ahora es cierto que -algunos, a un precio más elevado- traen alguna "sorpresa" de penosa calidad casi siempre (bueno, vale: siempre) y hecha en China. Por eso me ha resultado muy curiosa la gráfica que he encontrado por mi banco de imágenes, y que debí recoger algún día por la Red. En ella se nos compara lo que eran los dulces antes, y lo que son ahora.
Hay multinacionales que han decidido no solo ofrecer menos por el mismo precio, sino "racanear" incluso en producto (
Toblerone es un buen ejemplo de ello, modificando su diseño para que las barras de 400 gr. pasaran a ser de 360 gr., y las de 170 gr. a 150 gr.). Ahora ciertamente parecen productos más elegantes, más atractivos, pero, ¿ofrecen más cosas? Realmente no. Puede que -por imperamento legal y por obligación, casi siempre- sean más sanos, pero la experiencia con ellos es más desagradable en el sentido de que ves que adquieres mucho "hueco" sin nada, y ya no hay cromo. Ya no hay cromo.