
Cuando hablamos de Montblanc tenemos que pararnos unos instantes a coger aire, porque todo lo que lleve su firma es caro. Muy caro. En Montblanc son conscientes de ello y estiman por tanto que, quien adquiere uno de sus relojes, no solo está comprando un
artilugio para ver la hora sino, además, una inversión a futuro. Así que cada modelo que sale de su factoría en Le Locle (Suiza) no solo tiene que parecer un buen reloj: tiene que serlo.
Para Montblanc esto pasa por tres criterios básicos e ineludibles: durabilidad, precisión y fiabilidad. La fiabilidad es un aspecto básico para que el reloj sea preciso y, además, para que el cliente pueda confiar en él. La precisión va implícita a todo reloj: sin ella un reloj
no es nada, más todavía si se trata de un reloj mecánico, y pasa a ser un mero adorno bonito pero inútil. Y la durabilidad viene implícita por su alto precio, un cliente no espera adquirir un Montblanc cada año, de hecho probablemente espere que lo hereden sus hijos, que pase a sus descendientes, de manera que tiene que ser longevo desde la concepción del reloj, desde su diseño, pero también en sus materiales.